viernes, 6 de marzo de 2009

No seas tan duro contigo mismo

“De camino hacia su monasterio, dos monjes se encontraron una bellísima mujer a la orilla de un río. Al igual que ellos tenía que cruzar el río, pero este bajaba demasiado crecido. De modo que uno de los monjes la cargó y la pasó a la otra orilla.

El otro monje estaba escandalizado y por espacio de dos horas estuvo censurando a su amigo: ¿Has olvidado que eres un monje? ¿Cómo te has atrevido a tocar una mujer para transportarla al otro lado del río? ¿Qué pensará la gente? ¿Has desacreditado la religión?... El monje escuchó pacientemente el interminable sermón. Al final le dijo: Hermano, no sé si hice bien o hice mal, pero yo he dejado a aquella mujer en la orilla del río… ¿Eres tú quien la lleva ahora?”.

Muchos de nosotros vivimos acompañados por una especie de voz interior que nos manipula y amarga, y si se lo permitimos, puede hacernos mucho daño: la culpa. Este es un sentimiento muy humano que a veces nos impide lastimar, afligir o decepcionar a los demás, pero que si lo llevamos al extremo puede ser muy destructivo, porque en muchos casos puede llevarnos al estancamiento o la depresión, sin necesidad. La culpa, generalmente, se convierte en una compañera negativa cuando se instala en nosotros, porque nos hace sentir disminuidos, en deuda, avergonzados y, a veces, hasta rabiosos y defensivos frente a las personas o a las situaciones que nos recuerdan el error o la falta que cometimos. La culpa es una especie de nube gris que se posa encima de nosotros, cortándonos toda posibilidad de recuperar la felicidad y mantener el bienestar personal. Si tu conciencia no te deja en paz después de haber intentado corregir o reparar el daño que has causado, o si te culpas a ti mismo por algo del pasado, vale la pena que hagas el esfuerzo de perdonarte y darte otra oportunidad para resolverlo. La culpa es como un dolor, que a veces nos muestra que algo no anda bien en nuestra vida y nos recuerda que debemos hacer cuanto sea necesario para calmar el dolor y sanar la causa que la produce.

Si en tu vida hay culpa
Haz lo posible para reparar el daño. Si has cometido un error o le has causado un daño a alguien con intención o sin ella, siéntete dispuesto a pedir disculpas y a hacer cuanto sea necesario para corregirlo o sanarlo. Ponte en acción y deja de castigarte recordando lo que pasó una y otra vez. Piensa en cómo podrás resolver la situación y enfrenta a las personas involucradas, muestra tu arrepentimiento y la disposición de reparar la ofensa o la situación.

Perdónate. Usualmente somos muy severos con nosotros mismos, debemos aprender a perdonarnos y ser más flexibles con nuestros errores y debilidades, sin juzgarnos tan duramente. Ya no podemos cambiar el pasado ni borrar lo sucedido, pero lo que sí podemos es estar atentos y concentrarnos en el presente, para no volver a repetir el error. Acepta las cosas como son y haz lo que puedas para reparar tu equivocación hasta donde sea posible. Entrega a partir de ahora lo mejor de ti, para sentirte orgulloso, tranquilo y sin culpa.

No dejes que te manipulen. No permitas que nadie te haga sentir culpable, una frase, un gesto, un silencio prolongado pueden hacer que nuestra conducta cambie y terminemos haciendo algo que no queremos hacer. Para evitar la manipulación, busca qué es lo que puede hacerte sentir culpable, aquello que te causa inseguridad, como el trabajo, la relación con tus hijos, tus padres, tu pareja, los amigos. Revisa quiénes de estas personas te hacen sentir culpable, quién te remueve los miedos y quítales ese poder. Decide, a partir de ese instante, llevar las riendas de tu vida.

Haz lo que puedas, de la mejor manera. Existe un límite para todo, llega hasta donde humanamente puedas para resolver esa situación difícil, pero si en algún momento hacerlo comienza a perjudicar tu equilibrio emocional, detente y acepta tus limitaciones, porque a veces no podemos solucionar todos las situaciones. Esperar la perfección de un mismo o de una situación puede complicarlo todo, especialmente cuando involucra la voluntad y la participación de otras personas.

Levanta tu estima. Las personas que se sienten culpables, usualmente tienen actitud de perdedoras, porque evitan el éxito y la felicidad al creer que no lo merecen. Para terminar con esta situación aprende a reconocer tus aciertos y acepta que tu felicidad y éxito personal, no son la causa de que otros fracasen. Vive la vida a plenitud, reconociendo tus errores, dispuesto a corregirlos y a aprender de ellos. ¡Te mereces otra oportunidad!

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