domingo, 18 de mayo de 2008

Hijos sin Papa


Los hijos suelen tener vergüenza por muchas cosas. Pero la más dura de soportar es la ausencia de uno o ambos padres.
A veces puede ser porque fallecieron. Otras, porque uno -o ambos- abandonan a sus hijos.

Si tomamos el caso más frecuente, de hombres que –de acuerdo a su historia- no pueden o no quieren hacerse cargo del hijo que también, con menor o mayor conciencia, contribuyeron a gestar, encontramos muchas mujeres que deciden proseguir el embarazo y enfrentar la maternidad y crianza del hijo por venir.

Algunas cuentas con apoyo familiar. Otras no. Pero ambas intentan sobrellevar y explicar tal ausencia.
Cada caso es un mundo, y las combinatorias posibles son muchas. Pero, en términos generales podemos enumerar algunas posibilidades.
En unos casos, hay mujeres que pueden encontrar otro hombre –compañero- que emprenda la ardua labor de ‘ahijar’ al vástago. En otras circunstancias, algunas mujeres se aferran a la autosuficiencia, y alimentan la ilusión de poder hacer de padre y madre a la vez. Mientras que, en otras historias nos encontramos con hombres que reconocen legalmente al hijo, pero que, el acto de presencia, se limita a cumplir con un trámite. Por lo general, juicios y peleas mediante.
En este último caso, tan frecuente, ¿cuáles son algunas de las consecuencias en la vida emocional del hijo en cuestión?
En primer lugar, lo mencionado inicialmente. El hijo siente vergüenza. Porque carece de algo ante lo cual otros chicos se emocionan: Su Papá. Hay chicos que, entonces, de acuerdo a la edad, insisten y preguntan. Pero otros, captando que mamá se pone nerviosa cuando se la interroga, van silenciando su sed de respuestas. Y algunos inventan historias como pueden. Papá está de viaje, papá está trabajando, papá falleció, papá me dicen que me quería pero no entiendo porqué se fue, papá solo me pasa alimentos, etc. De cualquier manera, para un niño, que comienza a entrar en la ruta de la vida, cualquier argumento es un intento de llenar un vacío. Porque, en concreto, papá no está. Así se lo recuerdan otros chicos, a veces de manera cruel.
Pero, entonces, cumpliendo con el trámite de dinero o legal, ¿se es papá? ¿O ser papá consiste en ahijar? ¿Se es realmente padre por solo dar de comer o pagar una educación ‘a distancia’?
Convengamos que ahijar trasciende la biología o la norma burocrática. Porque también existen padres que, aunque vivan con sus hijos, sin embargo no pueden sentir al hijo como tal, con lo cual tampoco pueden trabajar en su rol de padres. O sea, ‘ahijar’.
Si volvemos al caso de hijos cuyo padre solo les dio un apellido y una mensualidad, económicamente hablando, al hijo –tales trámites- no le alcanzan. Porque el hijo será chiquito, pero de todos modos capta que su lugar se reduce a ser un trámite en la vida del papá.

El hijo sabe que le falta la función de padre. O sea, que lo ahijen. Con lo cual, varones y nenas crecen con un modelo esfumado de hombre y de padre.

Pero por otro, como dice el dicho, ese padre ‘brilla por su ausencia’. Porque, paradójicamente, es una ausencia que está y estará muy presente. Porque hay que hacer mucho esfuerzo en la vida para contrarrestarla o hacer como que se lo olvidó.

Es más, por más que se intente aislar a un hijo, éste espiará a otros chicos en el jardín, en el colegio, en el edificio o en el barrio. Y la ausencia de padre potenciará su presencia.

Pero claro, lo que también asoma es la inseguridad, el resentimiento y la desconfianza.

La desconfianza porque, en sus monólogos, el hijo suele preguntarse ¿alguna vez, alguien me querrá un poquito más, y se quedará por mí?

Y el resentimiento, porque en sus preguntas y respuestas asoma la dolorosa duda de si serán todos los hombres así. Algún varoncito jurará que el día de mañana no hará lo mismo. Pero, de una u otra manera, generará circunstancias que, más allá de las justificaciones concientes, serán semejantes o equivalentes. Mientras, por el lado de una nena, esta se preguntará: ¿cómo hago para –durante el resto de mi vida- volver a confiar?

Todo lo anterior, naturalmente, influye en que se sea varón o nena, se crezca muy inseguro. Porque las circunstancias de la vida, las relaciones de amistad, de noviazgo, de la propia maternidad o paternidad, refrescarán una herida fundamental: la de no haberse sido lo suficientemente querido/a para que alguien la pelee a su lado.
En este sentido, limitarse a remarcar la importancia de los trámites mensuales o legales, no llenan la fuerte “presencia de la ausencia de papá” en un cumpleaños, en una festividad escolar, en la noche de fiebre o en esas peleas de amigos que, quizás, muchas veces se entablan porque se sabe que existe el personaje de la frase “se lo voy a decir a mi papá”.

Es más, limitar la importancia a trámites mensuales y legales, es –profesionalmente hablando- hacer lo mismo que hace ese papá. Porque ambos, padre y asesores profesionales, solo estarían cumpliendo con la mímica de ser padre. Pero no con la esencia que es ‘ahijar’. .

Cada caso es un mundo. Pero la vida se le hace más difícil al chico que crece con la idea de solo ser un trámite, sin un papá que intentó o, aunque se equivoque, intenta ahijarlo. En el fondo, los hijos –de niños, jóvenes o adultos- disculpan los errores de sus padres cuando captan voluntad.

Pero no pueden borrar el dolor ante un padre que no intentó el mínimo esfuerzo afectivo para ahijar a quien –aunque sea en unos minutos- fue el resultado de un momento de placer. Por eso, el chico siente el profundo dolor de que solo hubo lugar para el placer momentáneo, para sí mismo. Pero no hay lugar para el placer compartido, inherente a todo ahijar.
Por todo lo anterior, además de la inseguridad, el resentimiento y la desconfianza, también puede alterarse el aprendizaje del hijo para defenderse en la vida y para ser autónomo.
Porque un chico se anima a desarrollarse, a dejar de ser infantil, cuando se siente alentado a crecer. Puede adoptar una distancia óptima de su mamá y su papá porque confía en que, de una u otra manera, si los busca –aún en el recuerdo- están.

Pero si una mamá tiene que pasársela luchando para que un padre lo sea, y si un papá solo cumple con trámites que ‘debe’ hacer, si no intenta equivocarse o acertar en su rol de ahijar, entonces, el otro riesgo es que ese niño crezca presuponiendo que la única compañía segura, pero limitante, es la mamá. Así, encorsetado en este libreto familiar, el hijo crecerá frágil, resentido y desconfiado.

Previendo todo esto, entonces, es fundamental que cualquier profesional sea conciente que, de acuerdo a la manera de asesorar, puede repetir la misma actitud que el padre, o sea, cumplir con los trámites. O, puede ponerse en el lugar del chico. Para entonces, posicionarse para colaborar con el padre para que intente estar presente, ahijando, en su imprescindible función

No hay comentarios:

Búsqueda personalizada